domingo, 5 de marzo de 2017

Toros, alimento de una élite sociópata.

A la junta directiva del Club el Nogal, hace ya algunos años, le envié una carta en la que elevaba una queja por la ceremonia que le hacía a los toreros cada vez que había temporada taurina. En ella, también trataba de que entendieran por qué me sentía agredido con esa cabeza de Alce que colgada en la pared del Bar "Inglés" y que, hoy en día, continúa observando a los socios con profunda tristeza.

- Con todo respeto doctor- le dije a otro de esos políticos investigados por corrupción y por tener vínculos con el paramilitarismo, que han venido gobernando el Club- condecorar a los toreros, es como si trajeran a un general Alemán de la SS y le pusieran una medalla en el pecho. Colgar una cabeza de Alce, es igual que decorar el bar con una esvástica Nazi- añadí.

- Daniel- me respondió molesto, mirando el reloj, con tono dulzón, como quien le habla a un niño soñador- los toros son cultura, además no sufren, está comprobado, durante la lidia segregan una hormona que les quita el dolor, además, ¿es que usted jamás se ha comido un Baby Beef? ...ahora, respecto de la cabeza de Alce, déjeme decirle que es símbolo de poder feudal, del dominio del hombre sobre su territorio.

Con esa respuesta medico sociológica oscurantista, aquel miembro de junta, me dejó con la palabra en la boca, parado en uno de esos pasillos, que son las vísceras de ese edificio monumental y presuntuoso que adorna la carrera séptima. 

Entonces me puse a investigar y sobre todo a pensar no sólo en el sufrimiento del toro, sino en la razón del por qué los miembros de la élite colombiana se divierten cada Domingo, observando un espectáculo que evidentemente nutre las necesidades de sus personalidades sociópatas. 

El toro sufre cuando le clavan esa púa piramidal como el cuchillo de un matarife, junto al morillo, entre la cuarta y la tercera vértebra cervical. Sufre mucho porque esa zona es un enjambre de nervios que lo hacen gritar bufidos mientras empieza el primer de los descalabros neuronales del animal, que no entiende de dónde le viene la parálisis que le impide mover el cuello y que se produce cuando ese inmenso y grueso bisturí le secciona a tajos músculos y tendones cervicales, destrozando las arterias que se encuentren en el camino. 

Hasta ahora empieza la faena, el público aúlla, el lomo se oscurece, las primeras gotas mojan la arena. Sufre. Continúa sufriendo porque dentro de él, la sangre se acumula, poco a poco va entrando a sus pulmones a cuentagotas, poniéndolo a respirar de la misma forma que lo haríamos nosotros si nos metieran una tarántula en el esófago. 

Aún no agacha la cabeza, eso es lo que espera el torero que haga...y es por eso que le clavan las banderillas. Seis. Se agarran a la carne convirtiéndose en un arpón que lo desmenuza lentamente, mientras corre y brinca del dolor por toda la plaza con esos chuzos filudos que no se sueltan y que están enganchados a su lomo para desarticular aún más su motricidad, pero sobre todo para multiplicar la pérdida de sangre que tanto luce en la arena, que hace brillar las pupilas de todos esos que gritan ¡Ole!, mientras se emborrachan bebiendo con sus botas de becerroo, que llevan impresa la imagen de la virgen de la santísima Macarena, matrona y auspiciadora de este espectáculo. 

Después de haber sido paseado de un lado a otro con el capote rojo, se logra el cometido: los músculos del animal se aflojan, la sangre ya no cabe en los pulmones. El toro agacha la cabeza. 

Es entonces cuando ese torero tan macho, tan valiente, imponente y de culo parado entre esas licras brillantes, se endereza para clavarle el estoque a ese toro moribundo. El estoque es esa larga espada, que le atraviesa el pulmón con toda la sangre que lleva acumulando y que es tanta, que le revienta a caudales por la boca y la nariz. 

Cae el toro que se sacude y convulsiona, pero como aún no ha muerto, le clavan la puntilla, esa daga que le destroza la primera y la segunda vértebra cervical, convirtiéndolo en parapléjico y obligándolo a morir como todos querían: humillado, consciente quizá de su pequeñez ante todos esos seres que después de torturarlo le hicieron entender quién es el que gobierna sus instintos, quién es el ser humano y quien el animal. La plaza eufórica ovaciona al torero que se pasea sonriente entre todas esas flores que llueven del público. 

Eso fue lo que fueron a ver este domingo los políticos que nos gobiernan, los grandes empresarios y las personalidades embadurnadas en apellidos majestuosos. Nuestra élite dio una pelea jurídica durante años, palabreó jueces y magistrados, intrigó y envenenó la democracia, y pagó cientos millones de pesos para entrar a ver esta cruel matazón sanguinolenta. 

¿Por qué a los ricos colombianos les gusta ir a ver la muerte lenta de un animal, en medio de una pomposa ceremonia? 

De la primera de sus justificaciones no hay mucho que decir: Que para eso los crían, dicen, como si a los toros los sentaran desde el Kínder a la Universidad, frente a un tablero, a explicarles que el pináculo de su carrera iba a ser terminar muriendo en semejante sancocho de sangre. 

Entonces que no coman carne, repiten los mismos, pero es que la gente no hace colas durante varias horas para aplaudir desde las graderías cuando a los toros los sacrifican en el matadero. Los que comen carne, se la comen, no hacen una fiesta encima del animal cuando lo matan. Con el churrasco alimentan el cuerpo, no las necesidades psíquicas de su inconsciente.

El objeto de análisis debe ser precisamente ese: la ceremonia.  Y más allá de ella los simbolismos que en la actualidad permean a los estratos altos.

Colombia continúa siendo un país regido por una constitucionalidad parida en una democracia chueca y maquillada. Nuestra democracia es una prepago con tetas de silicona: irreal, prostituida y subordinada al mejor postor.

La desigualdad identifica nuestro continente desde que los españoles llegaron a preñar indígenas. Somos una patria de desarraigados. Somos el hijo natural del patrón.

Lo que me dijo ese paraneonazi en el Club el Nogal era cierto, ese alce significa lo que siente la élite por un pueblo desnutrido, desmotivado y sin fe. Ellos, en pleno siglo 21, se sienten señores en su feudo. Su compromiso social está fijado en sentir pesar por esa pobreza perpetua, que es la que les proporciona el estatus.

 Los ricos colombianos ven a los pobres como animales, con pesar sí, pero eso a sus ojos no los hace menos animales. Como el triste perrito callejero que camina por la acera. ¿Exagero? ... ¿Pregunten cuántos millonarios colombianos dejan sentar a la empleada en la mesa, a comer con la familia?

Esos simbolismos empiezan a ser cifrados en su inconsciente desde niños, desfigurando sus linderos. Así como le pasó a Uribe Noguera, a muchos de ellos los trastornan, y puede que no violen ni maten...pero hacen otras cosas ¿O por qué existe la corrupción empresarial y política? ¿Será gratuito que muchos de esos condenados por sus vínculos con el paramilitarismo pertenezcan a clubes sociales...como el Nogal, en el que me abrieron un proceso por denunciar la corrupción en la junta directiva?

El problema es ese y Colombia no ha querido verlo: Estamos liderados principalmente por una élite sociópata. Y a un sociópata, un espectáculo como el que acabo de describir lo refresca, lo emociona y, sobre todo, refuerza la carga simbólica que anida en su psiquis.

La desigualdad extrema, hace que la clase alta deshumanice a los individuos que no pertenecen a ella. El toro en ellos, allá, al fondo de su inconsciente, en el turbio mar en el que nadan sus fantasmas, no significa nada más que ese animal que representa al pueblo, que se inclina ante la majestuosidad dorada del espectáculo, ante la riqueza y la grandeza del poder. El Toro, como el pueblo en Colombia, nace para terminar agachando la cabeza.

Y ahora, ¿Será que alguien entiende la algarabía de los anti taurinos? Yo sí. Lo viví. Allí, en ese bar, continúa la cabeza de Alce decorando la casa del patrón...en su feudo.