viernes, 3 de marzo de 2017

Cabo de la Vela: Con tanta energía...¿para qué la luz?

El cielo explota en color anaranjado, debe ser que Dios existe, que es onanista y que tuvo un orgasmo sobre nosotros. Abajo el mar virgen moja una playa kilométrica y sobre ella, el pueblo más bello del universo: El Cabo de la Vela.

El dueño de aquel atardecer surrealista está empotrado sobre el Atlántico, en esta esquina tropical, allá en la punta de la nariz colombiana. El Cabo continúa siendo el mismo. Nada ha cambiado desde que Agustin Bernier llegó exiliado de Francia, después de haber luchado alguna de esas guerras corruptoras de la historia.

El año en que el francés llegó al Cabo es un misterio, fue hace mucho, es lo que dicen todos, fue también lo que me dijo Agueda Bernier, su dulce y sabia nieta ya octogenaria, que me contó la historia de aquel resguardo Wayuu, etnia ancestral que ha salvado el lugar de la intoxicación social y ecológica que produce el turismo malsano, devastador, rechinante y reguetonero, que ha venido colonizando nuestras costas.

“Bernier compró a mi abuela, ella se llamaba Remedios Barliza. Era una Wayuu muy hermosa. Él se enamoró...y la compró. La cambió por muchas chivas y varios metros de tela”

De aquel trueque nació Elva su madre, precisamente la abuela de Luz Merys y Jeiny Palacios Bernier, los propietarios de las cabañas “ Faimag”, en bareque y palma de cactus, que se alquilan frente ese mar infinito que me vigila mientras escribo, colgado de esta hamaca que me arrulla.

Hay varias formas de llegar al cabo. Puede alquilar una Toyota de esas tan mafiosas que asustan, contratar un tour con otras personas en la misma camioneta pomposa y así se ahorra unos pesos.

O viajar como viajan todos los que son mayoría, en Rioacha coger un carro público para Uribia y después irse en el platón de una de las Luv que reparte los víveres en la rancherias.

Como espichan a muchos en las Toyotas, la ida y regreso en el platón vale prácticamente lo mismo, pero en el platón conoce el desierto, las rancherías y disfruta de una carretera alucinante repleta de cactus verdes e  inmensos como policías de carretera. Se va bien cómodo, recostado en los víveres, fresco con el viento cálido del Caribe y no se tiene que enfermar con el aire acondicionado de ese féretro japonés con ruedas y vidrios oscuros, en el que esos 100 kilómetros por hora, perseguidos por una nube de tierra, no dejan ver nada.

Y así es que usted llega al Cabo. El usted es un decir. Porque aunque cualquiera puede conocerlo, son selectos los llamados a disfrutarlo. Para gozar del Cabo no hay edad, cualquier adolescente de  90 años lo logra y  cualquier anciano, así tenga 25, lo va pasar muy mal.

Sentirse bien en el Cabo de la Vela, está en la persona. Hay tantos a los que les hace falta el  mesero tomando la orden, la caja registradora que suena cuando marca la hamburguesa o el timbre del domicilio cada vez que llega la pizza grasosa empacada en colesterol, todos ellos sufrirían con ese pescado frito, servido en plato de plástico. No se contentarían con el menú escogido entre las olas, lo único, que junto a los camarones y la langosta fresca, se consigue en todos los restaurantes del Cabo.

Solo  hay uno  con una carta más amplia: “Nomade Bar Restaurante” propiedad de José y Andrés, un músico y un administrador de empresas, que no podían definir cuál era el tipo de comida que servían en esa acogedora choza pintada en verde y amarillo Jamaica,  en la que Bob Marley se sentiría tan bien.

- Depende- contestó José.
-¿Depende? ¿De qué?- insistí confundido.
-De los voluntarios- respondió sin aclarar nada.
-¿Cómo así, de donde es el menú? – le dije tratando de obtener una respuesta concreta.
-A ver Daniel, la cosa es así, tenemos un voluntariado internacional, de jóvenes mochileros que viajan por el mundo que nos ayuda por temporadas en la cocina...entonces depende- Se detuvo como  si yo fuera un genio que todo lo entiende.
-¿Y? – contrainterogué, esperando aún una respuesta sólida.
-Depende de donde vengan los voluntarios que colaboran con la cocina y el Bar, hoy son  dos argentinas especialistas en vegetariana, pero la semana pasada había comida israelí y hace un mes fue una rusa la que llegó, y antes había un mejicano, y así....entonces, pues depende....depende de donde venga el que vaya a cocinar.

Terminé entendiendo mientras me devoraba un par de tortillas integrales, con un desmechado agridulce de vegetales buenísimo, que jamás podría probar en la zona G.

Todos esos, los mismos que añoran esa indigestión de opciones gastronómicas que ofrecen las calles repletas de semáforos, no se fijarían en ese atardecer multiorgásmico, por andar pensando en que el baño hay que bajarlo con un balde de agua de mar, que es la misma cantidad de agua dulce a la que uno tiene derecho por día y que le sirve para sopearse el cuerpo y lavarse los dientes.

Ni se imaginarían raspando la marea, trepados en Kite Surf, ese deporte alucinante que enseñan en  Kite Addict Colombia, una de las mejores academias del mundo, situada en aquel bello rincón etéreo y que se practica sobre una tabla impulsada por una cometa que infla la brisa furiosa.

Ninguno de ellos se le va medir a una cabalgata en bicicleta por el desierto, ni mucho menos se internarían en él, para pedir hospedaje en una ranchería Wayuu, ese pueblo mítico y digno que ha defendido este territorio que para ellos es sagrado y que transpira tanta energía, que no le hace falta la luz. Con los cables y los postes que lo decoran, le sobra a esas hermosas chozas que crecen sobre la playa y que parece hubiera diseñado el océano.

Los postes de luz se ven bonitos y aunque por mantener el contrato vigente, les siguen haciendo mantenimiento y cambiando el transformador, debemos, por esta única vez, agradecer que la corrupción de Electricaribe, ha dejado al Cabo sumido en la más exquisita y relajante oscuridad.

Lo que sí le hace falta al pueblo, lo único, es el agua. Los Wayuus necesitan que empiece a fluir por el alcantarillado, que hoy es una garganta seca.

La  hubo por unos días, hace años, antes de que se dañara la planta desalinizadora por la que se pagaron millones de dólares y que nunca volvió a servir. Es por eso que en el cabo los baños tienen duchas, que solo son el ojo voyerista que nos observa cuando nos desnudamos para bañarnos a totumadas.

Todo es auténtico en el Cabo. Y por eso quienes llegamos allí convencidos de nuestra pequeñez, nos sentimos honrados, agradecidos, muy conformes y felices de que la luz llegue todos los días a las 6 con el rugido de las plantas de gasolina y que, por decreto indígena, se vaya a las 9. Y entonces llega el silencio a hablarnos al oído. A enseñarnos. A contarnos porque la ciudad es una alberca podrida, polucionada, repleta de rencores y envidias, en la que se ahoga nuestra sociedad hipócrita, que tiene como salvavidas aquel materialismo compulsivo y perpetuo, que viene siendo el yunque amarrado al cuello que la sumerge...hasta el fondo.